martes, 3 de marzo de 2015

Pensamientos de Cicerón (II)

Dedico una segunda entrada a mostrar una selección de aforismos de Cicerón que tratan sobre temas universales como la justicia, la amistad, la moral, la política y la riqueza. Este tipo de sentencias fueron muy utilizadas en la Antigüedad por su valor educativo: su brevedad las hace fácilmente memorizables, al tiempo que proponen un excelente punto de partida para la reflexión ética y filosófica.
   1.   El amigo cierto se halla en los asuntos inciertos.
2.   Planta árboles para que sirvan en otro siglo
3.  Disfruta de lo bueno cuando lo tengas y no te lamentes cuando ya no esté.
4. Por encima de todo, es propio del hombre la búsqueda de la verdad.
5.   El primer deber de la justicia es evitar que un hombre haga daño a otro.
6.   La base de la justicia es la confianza mutua.
7.  Hay dos clases de injusticia: una, la de aquellos que la llevan a cabo; otra, la de quienes pudiendo, no evitan que la padezcan otros.
8. Es posible tanto quitar la vida al padre sin cometer un crimen como es poco probable que se pueda matar a un esclavo sin caer en la injusticia.
9.  La amistad solo puede existir entre hombres buenos.
10. La amistad añade esplendor a la prosperidad y aligera la adversidad.
11. La primera ley de la amistad es ésta: que a los amigos pidamos cosas honradas y por los amigos hagamos sólo cosas honradas.
12.   Nada produce mayor alegría que la buena voluntad recíproca.
13.  No solo es ciega la Fortuna, sino que suele volver ciegos a los que abraza.
14. ¿No deberíamos imitar los campos fértiles, que dan mucho más de lo que reciben?
15.  Cuanto mayor la dificultad, mayor la gloria.
16.  Cuanto más altos estemos, más humildes debemos mostrarnos.
17. Por encima de todo, se ha de decidir qué tipo de persona queremos ser y qué tipo de vida queremos llevar; y éste es el dilema más difícil de todos.
18. Debemos mantener la ira lejos de nosotros, pus airado no hay nada que pueda hacerse rectamente, nada que sea razonable.
19. La casa ha de verse honrada por su dueño, no el dueño por la casa.
20.  La moderación es la ciencia de hacer y decir cada cosa en su lugar.
21. Siempre se ha buscado la igualdad ante la ley, y la ley que no es igual para todos no es tal.
22.  La generosidad no tiene fondo.
23.  El mayor privilegio de la riqueza es la oportunidad que ofrece de hacer el bien.
24. Verdaderamente prefiero un hombre carente de dinero que un dinero al que le falte el hombre.
25.  La primera obligación del que sirve a la administración del estado debe ser que los ciudadanos no sufran ninguna disminución de sus propiedades.
26. La cosa más importante en los cargos públicos es que eviten levantar incluso la sospecha de avaricia.
27. Lucrarse con el estado no sólo es inmoral; es criminal, una infamia.
28. He aprendido de la filosofía que de los males no sólo debe escogerse el menor, si no aún más, extraer cualquier elemento positivo que éste encierre.
29. Nada merece la pena perseguirse por sí mismo excepto lo moralmente correcto.
30. Si la deformidad física despierta cierta aversión, ¡cuánta debería suscitar la deformidad y el horror de un espíritu degradado!

sábado, 7 de febrero de 2015

Educar o fabricar (II): la educación humanística y los valores humanos.



Continúo con una entrada anterior en la que mostré mi rechazo por una educación basada en contenidos “prácticos” para el tiempo presente. A esta pedagogía  utilitarista se opone la formación en valores que debiera caracterizar todo currículo educativo de Humanidades.

El maestro de retórica del siglo I Marco Fabio Quintiliano,del mismo modo que otros pedagogos de la Antigüedad, consideraba que la educación elemental debe servir para formar seres humanos íntegros. Quintiliano buscaba educar a un orador excelente, pero ante todo, a una persona honesta, que supiera servirse éticamente de sus capacidades intelectuales. Para ello a mi parecer es necesario dotar a cualquier programa educativo de una orientación humanística, en la que nunca se pierda de vista que la esencia de toda formación consiste en mejorar a la persona, a través de la adquisición de habilidades pero sobre todo, de actitudes.

Da igual como sea el mundo de hoy o de mañana: aunque la sociedad evolucione por senderos imprevisibles; por mucho que se desarrolle la tecnología; aunque asistamos a descubrimientos fascinantes; aunque la ciencia cambie radicalmente nuestra manera de entender el mundo. Aun así, estaríamos cometiendo un grave error si permitimos que la educación se deshumanice, que pierda  su dimensión formadora en capacidades y valores, que los nuevos saberes y especialidades sepulten los fundamentos de nuestra cultura y conviertan a las personas en herramientas que manejan otras herramientas, en usuarios de máquinas y aplicaciones.


Esto no quita que sea necesario innovar en todos los ámbitos, de poco vale limitarse a imitar lo antiguo sin crear nuevas ideas y abrir otras posibilidades para el progreso. Por tanto, cambiemos en la educación cuanto sea necesario, pero permanezcamos vigilantes para mantener lo esencial. En educación los fines no pueden justificar los medios: no podemos hacer de ella una mercancía, no debemos convertirla en objeto de compra y venta, ni  entenderla únicamente como un recurso para alcanzar objetivos laborales o económicos. 

miércoles, 21 de enero de 2015

Pensamientos de Cicerón (I)

El orador romano Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) tuvo una vida excepcional. Desde unos orígenes relativamente humildes, gracias a sus habilidades intelectuales y sobre todo a unas superlativas facultades retóricas, llegó a convertirse en uno de los personajes más influyentes de su época: obtuvo importantes victorias judiciales, escribió algunas de las obras cumbres de las letras latinas, alcanzó el consulado y sintetizó para Roma las claves de la filosofía helénica.
Cicerón fue un apasionado estudioso de los textos antiguos, un brillante estilista del latín, y un consumado político. Su erudición y experiencia en primera línea de la vida pública de su tiempo le convirtieron en un hombre de extremada lucidez, conocedor como pocos de la naturaleza humana.
Por todo ello, Cicerón es uno de los autores antiguos cuyas reflexiones  han tenido un impacto más profundo en la posteridad. En el Renacimiento y durante la Edad Moderna sus obras gozaron de un enorme prestigio y difusión, y fue para numerosos humanistas el ideal humano por antonomasia.
Lo cierto es que muchas de las ideas de Cicerón siguen disfrutando de plena vigencia dos mil años después. En esta entrada y otra posterior, introduciré algunas citas de Cicerón que me parecen especialmente dignas de interés.

1.  Causa y principio de la filosofía es la ignorancia.
2. Que el hombre de bien mantenga sus ideales siempre delante de sus ojos.
3.  Me parece más digno de elogio lo que se hace sin ostentación y sin publicidad.
4. No hay auditorio de mayor autoridad que la conciencia.
5.   La justicia y la sabiduría no siempre concuerdan.
6.  La madre de la justicia  no es ni la naturaleza ni la voluntad, sino la flaqueza.
7.  Nada es más funesto para un gobierno, nada más contrario a la justicia y las leyes, nada menos cívico ni menos humano que hacer uso de la fuerza en un estado constituido.
8. La sabiduría toda consiste únicamente en no pensar que se sabe lo que se ignora.
9. Si es que la sabiduría se puede alcanzar, dediquémonos no sólo a perseguirla, sino también disfrutemos de ella.
10. En ocasiones se dan circunstancias en las que el esfuerzo y el dolor procuran un gran placer.
11. El sabio siempre se guía de la siguiente forma: rechaza el placer para conseguir otros mayores, o bien soporta males para evitar otros peores.
12. Epicuro proclama que nadie puede vivir felizmente sin vivir sabia, honorable y justamente, y nadie que sea sabio, honorable y justo deja de vivir felizmente.
13. Los codiciosos no recuerdan los bienes pasados ni disfrutan de los presentes, solo esperan los futuros, que como resultan por fuerza inciertos, les llevan a consumirse de angustia y temor.
14. El deber debe ser la única recompensa del deber.
15. El entero objetivo de la filosofía es la consecución de la felicidad.
16.  El sumo bien es vivir de manera armoniosa con la naturaleza.
17.  Es menester que el hombre, por la humanidad compartida, sienta que nada de otro hombre le es ajeno.
18. Debemos reflexionar quiénes somos para mantenernos fieles a nuestro propio carácter.
19. ¿Distingues al conciudadano del extranjero por su raza y procedencia en lugar de por su carácter y acciones?
20.  Que sólo el sabio es libre y que cualquier necio es un esclavo.



martes, 30 de diciembre de 2014

Faludy, Erasmo y los Días felices en el infierno.

Hace algún tiempo, mi tío Alfonso Martínez Galilea me regaló una biografía de Erasmo escrita por un autor húngaro de mediados del siglo XX al que no conocía: György Faludy.

La obra me gustó mucho, pues combina amenidad y erudición mientras reconstruye no solo la vida de Erasmo, sino también su mundo y su tiempo. A través de los ojos y la mente de Erasmo, Faludy nos permite acercarnos casi en primera persona a la época: los modos de vida, mentalidades, la cultura y la sociedad, se revelan al lector mediante los anhelos y preocupaciones de Erasmo, a través de sus propios escritos y de jugosas anécdotas recopiladas por el autor. Faludy propone un verdadero viaje en el tiempo en el que conoceremos varios países europeos, asistiremos a acontecimientos políticos y religiosos de primer orden, y nos encontraremos tanto con el erudito como con el hombre de la calle de un Renacimiento del que Faludy era un apasionado estudioso, lo que se plasma perfectamente en su relato vívido y evocador.

Sin embargo, Faludy es conocido sobre todo por su libro autobiográfico: My happy days in Hell, del que acabo de leer su traducción castellana, a cargo del mencionado Alfonso Martínez Galilea. Es un libro inteligente, divertido y provocador, una lectura recomendable por muchos motivos, aunque ahora solo haré alusión a algunos contenidos relacionados con la temática de este blog.

Por su formación, lecturas e intereses, podríamos considerar a Faludy un humanista del siglo XX, y son varios los pasajes en que él mismo confiesa que le hubiera gustado vivir en la Edad Antigua o en su admirado Renacimiento, y se emociona al recrear: “los cielos serenos y azules de Homero, la sabiduría de Marco Aurelio, los idilios de Teócrito, los filósofos paseando por la stoa…”.

Aún es más, Faludy da testimonio de la importancia de la educación humanística en su vida y en las circunstancias de su tiempo, pues argumenta que “la penetración de la ideología [comunista en Hungría] era más profunda cuanto menor el conocimiento de las humanidades”. Por tanto agradece que sus conocimientos del mundo grecolatino le salvaran de abrazar ideologías irracionales, puesto que la filosofía en cierto modo le inmunizó contra ello.

Incluso en los momentos más difíciles de su cautiverio (que en cierto sentido recuerda al sufrido por Boecio), Faludy siguió sosteniendo que la formación clásica protege el alma, y tomó como referencia a Sócrates: “Porque en él había aprendido que ningún hombre puede identificarse con la ley y con la moral pública de su ciudad si su daimon interior no las aprueba (…) el daimon socrático no puede hacer otra cosa que negarse a aceptar los eslóganes sucesivos y contradictorios”.

En suma, entre otras muchas cosas, la obra de Faludy aporta interesantes reflexiones sobre la importancia de la educación humanística frente a una formación dirigida por ideologías económicas, políticas, patrióticas o religiosas.

No acabaré sin dedicar un par de líneas a la excelente traducción de la obra a cargo de mi tío Alfonso, que ha castellanizado la voz de Faludy de manera muy fluida, rica y coherente. El estilo de Faludy es original, complejo y contiene muchos matices, que no se pierden en una traducción castellana ágil y natural. El Faludy hispanohablante utiliza un vocabulario amplio y de gran riqueza, acorde con su época y formación, pero al mismo tiempo mantiene siempre un ritmo adecuado, y por así decirlo, suena muy bien.




viernes, 19 de diciembre de 2014

Educar o Fabricar (I): El ser humano como recurso y herramienta.




En ocasiones tengo la sensación de que nos estamos encaminando hacia una educación utilitarista que contempla a las personas como herramientas. Los currículos educativos exigen una especialización creciente con el fin de adaptarse a las necesidades del mercado laboral. Debido a ello, la educación tiende cada vez más a ocuparse únicamente de dotar al educando de habilidades y actitudes prácticas para desempeñar un puesto de trabajo en la sociedad contemporánea.

Hoy educamos ingenieros, economistas, químicos, bomberos, políticos, y toda una serie de profesionales y técnicos que tienen que superar algunas pruebas de contenidos o prácticas relacionadas con su oficio, pero a mi parecer, los programas educativos a menudo descuidan la formación humana.

Considero que resulta imprescindible educar a la persona que tiene que desempeñar esas profesiones: el individuo que va a ser policía, médico, mecánico o agricultor no debe conocer únicamente las bases de su oficio, sino desempeñarlo de forma responsable de acuerdo a unos valores determinados. Se trata ante todo, de formar a la persona que ejercerá una profesión.

Lamentablemente, las exigencias mercado laboral ejercen un proceso deshumanizador del trabajador, al que se considera un “recurso humano”, una cifra más en la vorágine de números que componen el beneficio empresarial. Ante este todopoderoso objetivo, las personas que trabajan importan únicamente en cuanto factores de producción, que pueden ser sustituidos o desechados según intereses estrictamente económicos.

No puede asumirse que los colegios y universidades corran el riesgo de acabar convirtiéndose en fábricas; y la educación, en un proceso fabril que moldee seres humanos en cadena. La educación exclusivamente técnica adiestra a la persona para que sea capaz de manejar máquinas, tecnología, o conocimientos apropiados para desempeñar un trabajo específico, sin importar lo que suceda en el resto de ámbitos de la vida: fabrica una herramienta (la persona) que utiliza otras herramientas (ordenadores, vehículos, idiomas, etc.), con un fin preciso y obligado.

Los vaivenes y necesidades del mercado laboral descalifican al trabajador incapaz de adaptarse a sus necesidades. Sucede con esto lo mismo que pasa cuando la tecnología se queda obsoleta: se tira y se reemplaza por otra más nueva. Así, si no se necesitan abogados, arquitectos, camioneros o jardineros, se prescinde de ellos o se sustituyen por “repuestos” más acordes con las cambiantes circunstancias de nuestro mundo moderno.

Ello lleva a plantearse algunas preguntas: ¿somos los humanos desechables?, ¿se espera que nos comportemos como autómatas?, ¿se nos considera meramente como productos o como consumidores de productos?

Ante estos y otros interrogantes, la única salida posible es desarrollar una educación integral, que forme a la persona sin tener en cuenta exclusivamente las necesidades de una sociedad determinada, sino que incorpore también la adquisición de unos valores y actitudes vitales adecuadas para todo tiempo y lugar. Me refiero a un tipo de educación capaz de formar personas autónomas, con capacidad de aprendizaje autodidacta, con una gran dosis de sentido común, dotadas de sensibilidad, con capacidad crítica consigo mismas y con su entorno, autoexigentes y con objetivos personales, etc. En suma, personas preparadas para afrontar las vicisitudes que se encuentren en el camino, flexibles y adaptables a diversos modos de vida y circunstancias laborales.

De ello trataré en la siguiente entrada, en la que defenderé la importancia de las Humanidades para la formación personal.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

La buena vida y la vida buena

El título de esta entrada es un guiño a mi amigo David Porcel, a quien escuché utilizar esta expresión por primera vez y con quien he dialogado en varias ocasiones sobre el tema.
Pese a la semejanza lingüística entre ambos conceptos: "vida buena" y "buena vida", lo cierto es que tienen significados y connotaciones muy diferentes. Por "buena vida" se entiende actualmente, al menos de forma coloquial, un modus vivendi caracterizado por la abundancia, el bienestar material, el relajamiento y el consumo ilimitado. El paradigma de esta “buena vida” viene a decir que el individuo tiene que dedicarse por entero a disfrutar. El problema es que en esencia, este planteamiento constituye un hedonismo superficial y mal entendido.
En su formulación originaria en la Grecia antigua, Epicuro y otros filósofos hedonistas argumentaron que las personas tienen que buscar el placer y evitar el dolor para alcanzar la felicidad. Pero estos pensadores eran conscientes de que debe existir un término medio, que es la moderación. Esta idea la ilustra acertadamente Platón cuando escribe en su República que: "el glotón engulle vorazmente cada nuevo plato que le sirven, sin detenerse a saborear adecuadamente el manjar que acaba de comer". Se trata por tanto de intentar disfrutar de todas las cosas en su justa medida, un verdadero carpe diem que quiere disfrutar de cada momento de la forma adecuada, y para ello hace falta detenerse un instante a “saborear” plenamente cada uno de los múltiples placeres que salen a nuestro encuentro cada día.
Por el contrario, la “buena vida” que se nos vende consiste fundamentalmente no en vivir y apreciar cada placer, sino en consumirlo de forma voraz mientras pensamos en las siguientes satisfacciones que nos aguardan. El ansia por la “buena vida” nos instiga a ser insaciables, a no tener nunca suficiente, a acumular los supuestos placeres uno tras otro en un ciclo sin fin.

Frente a este concepto, se opone el de la “vida buena”, que muchos intelectuales griegos y romanos asimilaron a vivir de acuerdo con la virtud. Decía Cicerón que: “el sabio evita unos placeres para obtener otros mayores, y sufre algunos dolores para evitar otros peores”. Por ejemplo, la práctica deportiva o el trabajo intelectual pueden suponer un sacrificio para algunos, pero sus resultados provocan un bienestar posterior que podría valorarse como superior a sus inconvenientes. Por el contrario, los excesos diarios en la comida y en la bebida pueden resultar placenteros, pero probablemente tengan consecuencias negativas a largo plazo en la salud física y mental del individuo.

Una parte esencial del concepto “vida buena” consiste la conciencia de haber obrado bien, independientemente de los resultados prácticos de nuestros actos. La satisfacción debe hallarse en estar conforme con lo que uno es y con lo que uno hace, independientemente de las consecuencias. Platón enunció esta idea de la siguiente forma: “Que la justicia es preferible a la injusticia, que vive bien el que obra justamente, y por tanto, que el justo es al mismo tiempo feliz, mientras que el injusto debiera sentirse desdichado”.

Pero por supuesto, todo lo dicho no son más que teorizaciones que distan mucho de ser universalmente aplicables. Cada individuo tiene que forjarse un criterio sobre el tipo de vida que quiere llevar, y que por tanto será “su buena vida”. Así, para contrapesar un poco la balanza y como apoyo para quienes discrepen de la concepción moralista planteada por los autores citados les dejo una frase de Voltaire, quien con su ingenio habitual, afirmó en una ocasión que: “el placer da lo que la sabiduría promete”.


jueves, 6 de noviembre de 2014

Renacimiento, Humanismo y Ética

Desde principios del siglo XX, cuando el estudioso británico William H. Woodward publicó Studies in education during the age of the Renaissance, 1400-1600, obra que sigue siendo un referente para los estudiosos de la actualidad, un elevado número de autores de diversos países han contribuido con sus trabajos a establecer y definir lo que se entiende por ‘cultura renacentista’, y sus más habituales términos derivados: ‘Renacimiento’ y ‘Humanismo’.

Lo primero que se percibe al adentrarse en la inmensa bibliografía dedicada al Humanismo y al Renacimiento es la complejidad de su definición, que ha dado lugar a gran variedad de interpretaciones diferentes. En opinión de Paul Oscar Kristeller, autor de El pensamiento renacentista y sus fuentes, resulta extraordinariamente complicado realizar afirmaciones categóricas referidas al Renacimiento, debido a su heterogénea manifestación en distintos países, su larga duración, y la amplitud de sus contenidos, que van desde la filosofía hasta la enseñanza pasando por las artes liberales y las ciencias. 

Consecuentemente, centrándonos en planteamientos generales y en aquellas ideas más repetidas por los investigadores, empezaremos por señalar que el Renacimiento es un periodo de la historia de Europa cuyo primer desarrollo podría situarse en el siglo XV italiano, aunque haya un precedente en el Trecento con figuras como las de Petrarca y su discípulo Boccacio. La cultura renacentista se expandió por buena parte de Europa a través de los manuscritos y las universidades, y aumentó su difusión enormemente a partir de la invención de la imprenta. Según Robert Black (Rennaisance Tought. A reader), la característica fundamental del Renacimiento en el terreno cultural es la aparición del Humanismo, que como movimiento cultural supone un retorno a la cultura clásica grecolatina, a la que se tomó como modelo de emulación.

En cuanto a los factores sociológicos, el Renacimiento supone una transformación importante en la sociedad medieval. Según José Luis Abellán, aparece ligado a cambios económicos, sociales, mentales y culturales. La cultura humanística es el pensamiento de una nueva época, una cultura urbana relacionada con el florecimiento de las ciudades y el crecimiento de la burguesía. A partir de estos momentos, el Renacimiento supone un vigoroso estímulo de la vida intelectual europea: en todos los campos del saber, los humanistas se afanan en emular y superar a sus reverenciados autores antiguos. Se sienten como enanos a hombros de gigantes porque al construir sobre los cimientos aportados por los clásicos están llevando la cultura europea a nuevas cimas. El saber renacentista es un saber con ambiciones globalizadoras: como bien dijo Mario Méndez Bejarano, los humanistas poseían un conocimiento enciclopédico y dedicaban sus esfuerzos a varias materias de la cultura simultáneamente. El resultado es, según Menéndez Pelayo, que algunos de los principales humanistas hicieron durante su vida la labor de un siglo entero de eruditos.

Entre las disciplinas más cultivadas por los humanistas y que tuvieron una época dorada en el Renacimiento se cuentan la pedagogía, retórica, filología, historia, gramática, varias materias científicas, y por supuesto, artes como la pintura, escultura, arquitectura o la música. En suma, los studia humanitatis que abarcaron en la mente de estos estudiosos todas aquellas materias relacionadas con el intelecto y la creatividad humana.


Por último quiero resaltar la finalidad ética que numerosos humanistas atribuyeron a las actividades culturales. Recogiendo las enseñanzas de autores antiguos como Quintiliano, que sostenían que el sabio debe ser al mismo tiempo un hombre bueno (vir bonus), fueron muchos los humanistas que incidieron en el valor formativo del estudio para la moral del individuo. Algunos también asimilaron las doctrinas de Sócrates y Platón, para quienes saber y virtud son términos casi sinónimos. Ejemplos de ello nos dan Erasmo, erudito y pacifista que siempre abogó por la resolución dialogada de los conflictos, y Luis Vives, cuyas palabras reflejan la necesidad de que conocimiento y ética vayan de la mano: “Humanidades se llaman estas disciplinas, hágannos pues humanos".